El llamado “síndrome de Peter Pan” ha vuelto a instalarse en el debate sobre salud mental, esta vez asociado al aumento de conductas adictivas en adultos jóvenes tras el estallido social y la pandemia. Así lo plantea el psicólogo clínico Juan Pablo Urrejola, del Centro Walnut, quien identifica un perfil específico de pacientes con consumo problemático marcado por inmadurez emocional y evitación de las responsabilidades adultas.
El profesional retoma el concepto del puer aeternus —el “niño eterno” descrito por Carl Jung— para explicar a personas que presentan dificultades para sostener proyectos, vínculos y compromisos laborales, encontrando en el alcohol y las drogas una vía de escape frente a la angustia que les genera crecer. Se trata, aclara, de un subgrupo dentro del universo de las adicciones, no de una etiqueta generalizada.
“Este trabajo nace directamente desde mi experiencia clínica”, señala el psicólogo, quien cuenta con más de doce años de trayectoria en el abordaje de adicciones. El arquetipo del “Puer Adicto”, una adaptación del desarrollado por Carl Jung, fue explorado por Urrejola en su tesis para optar al grado de Magíster en Psicología Analítica.
En la práctica clínica, este perfil se manifiesta en trayectorias fragmentadas: estudios inconclusos, dependencia económica prolongada, inestabilidad laboral y relaciones afectivas frágiles. Según Urrejola, las crisis sociales recientes intensificaron este fenómeno al debilitar la percepción de futuro y aumentar la ansiedad, en un país que ya presenta altos niveles de consumo de sustancias.
“No se aplica a todos los pacientes con adicción; es un sector específico dentro de ese universo”, subraya el profesional del Centro Walnut. “El consumo aparece como una forma de evitar una vida adulta que se percibe como excesivamente demandante”, explica Urrejola. En ese contexto, el alcohol y las drogas funcionan como un refugio frente a la frustración, el temor al fracaso y la incertidumbre.
El enfoque terapéutico, explica, no busca estigmatizar, sino comprender el vacío emocional y la falta de sentido que subyacen al consumo. Desde esta mirada, la adicción funciona como una respuesta momentánea a ese malestar, pero termina profundizándolo. El primer paso del tratamiento, sostiene, es romper el silencio y reconocer el problema, abriendo la posibilidad de pedir ayuda y avanzar hacia un proceso de recuperación con contención y límites equilibrados.



